Nª Sra. de los Dolores, s. XVIII Requena |
Inmaculado Corazón de María, | Requena |
Quienes nacimos a
mediados del siglo XX crecimos en una sociedad formalmente católica. Mi pueblo
no era especialmente religioso, más bien rayaba en la frialdad, ni siquiera recuerdo
una intensa devoción mariana, aunque a la Virgen se le dedica la procesión del
Viernes Santo por la noche y la ofrenda de flores en las fiestas del verano.
Nada parecido, ni remotamente, a la devoción mariana en Andalucía. Más o menos
entre los cinco y los nueve años permanecí en la escuela pública de primaria,
desde donde recuerdo que salíamos, con nuestros blancos uniformes bien
disciplinados, a rezar el viacrucis, en los días previos a la Semana Santa, a
la iglesia del Carmen.
Ya no recuerdo si fue en esa época o posteriormente,
durante el bachillerato elemental que cursamos desde los 9 a los 14 años,
cuando nos llevaban a hacer ejercicios espirituales de Cuaresma al colegio de
las monjas de Nª Señora de la Consolación, en los cuales se rezaba el rosario,
pero del que yo vagamente recuerdo una letanía que se me hacía larguísima. En
el bachillerato, la religión era una asignatura “fuerte” o por lo menos tuvimos
un profesor que realmente hizo que aprendiéramos historia sagrada. Sin embargo,
el fin de nuestra infancia y los comienzos de la inquieta adolescencia fueron
paralelos al Concilio Vaticano II y, en nuestra juventud, experimentamos la
misma confusión y desnortamiento religioso que muchos, incluidos religiosos y
sacerdotes. En consecuencia, en aquellos momentos claves de mi formación, como
persona y como creyente, no solo no arraigó ningún tipo de piedad o devoción
mariana, sino que me inundó el aniconismo imperante en un postconcilio mal
digerido. Es decir, desaparecieron las imágenes de las iglesias y con ellas las
de la Virgen María, nos quedamos con “la sola cruz”, con la excepción de alguna
imagen patronal más o menos venerada.
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Templo de El Carmen, Requena |
Los comienzos de
mujer joven se desarrollaron en un ambiente universitario ya muy impregnado de
laicismo y anticlericalismo, lo que, unido al predominio cultural de la
izquierda, las dudas que la historia de la Iglesia me generaba, y que no
encontré en aquel momento quien me las aclarase bien, contribuyeron a que yo
dejara toda práctica religiosa y abandonase la Iglesia durante unas dos décadas,
de los veinte a los cuarenta años. No obstante, he de admitir que, incluso en
los largos años de la soberbia intelectual, supuestamente agnóstica, en la que
me había convertido, la procesión de la Soledad en la noche del Viernes Santo
en mi pueblo era algo tan irremediablemente atrayente que acababa en ella,
incluso llevando las andas de la Mater Dolorosa. Cuando finalmente dejábamos a
la Virgen de nuevo en el templo del Carmen, aquella salve, cantada en latín por
todas las mujeres del pueblo, me estremecía hasta la saciedad porque me
recordaba las muchas veces que de pequeña asistí a esa misma ceremonia,
amparada en la confortable mano de mi madre o de mi abuela. Claro que el
impacto emocional, de las muy ocasionales visitas a mi pueblo en Semana Santa,
no daba lugar a conversión alguna. Al menos de momento. Aunque tal vez la
Virgen guardó cada uno de aquellos momentos en su corazón de Madre y esperó pacientemente
mi retorno. Me gusta pensar que fue como en una película que vi de niña, Promesa
rota[1].
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Mater de Schoenstatt |
Mi retorno a la
Iglesia se realizó en ambientes cristianos progresistas muy comprometidos con
la dimensión social de la fe, en los que la Virgen María no era más que parte
del “resto fiel de Israel”, mostrando un cierto desconocimiento de algo que el
tan admirado Concilio Vaticano II sí había dicho, y era que la auténtica
devoción mariana “no consiste en un afecto estéril ni transitorio, ni en vana
credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a
conocer la excelencia de la Madre de Dios y que nos mueve a un amor filial
hacia nuestra madre, y a la imitación de sus virtudes”(Lumen Gentium 67).
Pero esto no parecía interesar mucho a los católicos progres y, a fuerza de
sinceridad, diré que, en aquellos momentos, a mí tampoco.
Cierto que los
excesos de la devoción mariana habían contribuido más a un apartamiento de
Cristo que a un acercamiento y que el culto popular mariano posiblemente se
había pasado un poco otorgándole una devoción a María que únicamente se debe a
Dios. Recuerdo que, ya en Córdoba y no hace mucho, un día escuché a una persona
decir una frase que me hizo parpadear varias veces. Era una mujer realmente
devota de la Virgen y merecedora de innumerables gracias por su parte, le oí
decir: “...Pues yo no sé quién manda más allí arriba, si Dios o la Virgen”.
Creo que le puntualicé algo sobre Dios y sobre la Virgen, al fin y al cabo
estaba estudiando teología, pero creo que la señora tampoco me prestó mucha
atención.
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Iglesia de San Miguel, Córdoba |
Un día, durante unos
ejercicios espirituales en un viejo monasterio románico perdido entre montañas,
conocí a un obispo al cual oiría hablar con tal ternura y devoción de la Virgen
que no dejaba de darme una cierta envidia. Y le confesé mi pobre vivencia
mariana. “Pero, ¡¡¡hija mía, cómo es posible que no ames a un ser tan dulce!!!”,
me dijo muy asombrado. Poco después me regaló un rosario que, evidentemente, yo
no sabía cómo utilizar. Todavía tardé un poco en usarlo, pero todo llega.
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Santuario Virgen Peregina de Schoenstatt |
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Santuario Virgen Peregina de Schoenstatt en Madrid |
Algunos meses después una persona muy querida se alejaba de
Córdoba, tenía trabajo en otro lugar. Sentí un tan desconsolado dolor que, pese
a lo dura que soy para las lágrimas, lloré amargamente y maravilla de las
maravillas, por primera vez en mi vida sentí que la hermosísima Virgen María me
consolaba como una verdadera Madre. A partir de ahí todo cambió. Pero eso ya es
otra historia.
[1] Promesa rota
(The miracle). Película
norteamericana de 1959 dirigida por Irving Rapper e interpretada por Carroll
Baker (Teresa), Roger Moore (Capitán Michael Stuart) y Vittorio Gassman
(Guido). Música de Elmer Bemstein.
[2] Don Pedro Gómez Carrillo (1941-2012), párroco
entonces de la parroquia de San Miguel, en Córdoba.
[3] Se
trataba de un pequeño santuario de la Virgen Peregrina de Schoenstatt.