1. Meditar de la pasión y renovar nuestra fe en la muerte redentora de Cristo[1]
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Padre José kentenich |
Escrito en un contexto histórico y existencial completamente inhumano -no tan
lejos del nuestro-, el viacrucis, con el resto de las oraciones del libro Hacia el Padre[2], son documentos
que aportan la confianza en la acción transformadora del Espíritu Santo y en la
fuerza que nos transmite para cambiar cualquier situación inhumana en fuente de
vida[3].
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Jesús clavado en la Cruz. Jerzy Duda Gracz, Viacrucis Mº de Nª Sra. de Czetochowa |
El Viacrucis está
escrito a dos coros en el que el primero m
uestra siempre al Señor desde el
punto de vista del misterio tal como sucedió en Palestina, en vida de Jesús, mientras
que el segundo coro traduce el mismo misterio en el acontecer de los tiempos,
en nuestro propio tiempo donde se sigue dando el enfrentamiento entre los hijos
de la luz y los hijos de las tinieblas. Para padre Kentenich hemos de mantener
nuestro pulso poniendo siempre una mano en el corazón de Dios y otra en los
signos de los tiempos.
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Jesús cae bajo el peso de la Cruz Jerzy Duda Gracz, Viacrucis de Nª Sra. de Czetochowa. |
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Cruz de la
Unidad de Schoenstatt
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Todo
el Viacrucis es una preciosa orientación de cada estación a las características
de la piedad instrumental, de la piedad de cada uno de nosotros como
“instrumento” de María para la transformación del mundo. No obstante me voy a
detener solamente en aquellas estaciones en las que se hace mención de forma
expresa a la intervención de la Virgen en este drama de la pasión visto desde
el camino hacia la Cruz: cuando Jesús encuentra a su madre, cuando Jesús, antes
de morir nos regala a su madre y, cuando ya muerto, es depositado en brazos de
su madre.
En la
oración introductoria del Vía Crucis, y a lo largo del mismo, se hace
referencia al enfrentamiento entre las “dos grandes potencias que hacen la
historia del mundo: de un lado, Cristo y su Madre (con el encargo del Padre de
ser la Colaboradora Permanente de su Hijo); y del otro lado, el Demonio y sus
cómplices. Entre ambos, el hombre”[4]. La
meditación del Vía Crucis, señala padre Kentenich, nos motiva para decidirnos
con toda el alma a favor de las potencias divinas.
2. Ir de la mano de María acompañando al Redentor.
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Encuentro del Nazareno con su
Madre, de Francisco Ribalta 1612, Museo de Bellas Artes (Valencia) |
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Dolorosa con las manos
abiertas, Tiziano 1555, Museo del Prado Madrid |
“Concédeme abrazar con el Señor alegremente la cruz e ir por los caminos
de la Inscriptio[5]
sin vacilación, para que, como esposa, me asemeje al Esposo para su reino de
Schoenstatt[6].
Te imploro, Señora tres veces Admirable, contemplar la profundidad del corazón
de Cristo y, en medio de un mar agitado por el odio, acompañarlo con el
ardiente fuego de tu amor”.
3. María nos enseña que incluso en el dolor se mantiene el FIAT.
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Inmaculada Concepción, J. B. Tiépolo |
Al rememorar la escena del encuentro de Jesús con su madre
le decimos, de mano de padre Kentenich:
“Por ti, Señor Jesús, con María, tu Madre y Compañera, la que vence a
la serpiente pisando su cabeza, concédenos ser, en el Espíritu Santo, instrumentos
del Padre, para construir aquí en la tierra su reino de Schoenstatt”.
4. Jesús antes de morir nos regala a su Madre
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Calvario de la Inquisición, de Antonio del Castillo, Museo de Bellas Artes (Córdoba, España) |
Contemplo
la imagen de Jesús clavado en la cruz y haciéndome ese gran regalo. El Jesús,
que con la fuerza de sus palabras sacude y despierta las conciencias, ha sido
clavado al madero del desamparo y la ignominia por los hombres que se aferran a
sus bienes, a su poder, a su prestigio,
y cuyas posesiones desplazan la verdadera imagen de Dios, ellos no comprenden
la plenitud de su Obra, no han captado su luz. Ellos también prescinden de
María. Y al contemplar al Crucificado le digo que:
“Mirar con amor tu cruz me sirva cada vez para no confiar más en el
dinero y en los bienes materiales, y poder así con facilidad, entregarme
totalmente a ti y a María Madre, con el corazón y el pensamiento”.
5. El amor redentor impulsa al sacrificio.
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Jesús en brazos de su Madre,
escena de la película "La
Pasión",
de Mel Gibson. |
La decimocuarta estación nos sitúa en la escena en la
que Jesús es depositado en el regazo de María. Jesús, que tan profunda y
tiernamente estaba unido a María, “después de vencer a la muerte y al Demonio”,
fue depositado en su regazo maternal. María había ofrendado a Cristo para luz y
salvación nuestra, el amor redentor impulsa al sacrificio, en esa entrega se ha
consumado la obra de la redención.
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El Cuerpo de Cristo en brazos
de su Madre, de Jerzy Duda
Gracz, Viacrucis del
Mº de la
Virgen de Czestochowa (Polonia) |
“Quiero
permanecer fiel como un niño a esa Madre e inscribir su nombre profundamente en
los corazones; entonces el dolor que recorre todos los pueblos surgirá hecho un
jubiloso y armonioso canto de redención”.
“Concededme entregar a los pueblos, como el signo de redención, tu cruz, Jesucristo, y tu imagen, María. ¡Que jamás nadie separe lo uno de lo otro, pues es su plan de amor el Padre los concibió como unidad!”
[1] Este escrito es una breve reflexión
sobre algunas escenas del Vía Crucis del padre Joseph Kentenich, fundador del
Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Es casi una transliteración de sus textos
[2] P. Joseph Kentenich. Hacia el padre. Oraciones para el uso de la familia de Schoenstatt.
Nueva Patris, Chile, 2009, 251 p.
[3] P. Joaquín Alliende Luco, Prólogo a la edición castellana, en P.
Josef Kentenich. Hacia el padre, p. 14.
[4] P. Josef Kentenich. Hacia el Padre, 76.
[5] Inscriptio. Expresión que tiene su origen en una designación del
amor como “inscriptio cordis in cor”,
una mutua inscripción de corazones. El P. Kentenich la usa para indicar un
crecimiento en la Alianza de Amor, según el cual no sólo se acepta la cruz,
sino que, por amor, es solicitada en tanto cuanto esté contemplada en el plan
divino. P. J. Kentenich, Hacia el padre, p. 220.
[6] “Las expresiones
“Schoenstatt” y “reino de Schoenstatt designan a la familia de Schoenstatt en
su identidad particular, pero siempre como miembro vivo de la iglesia y en su
condición de símbolo conducente a ella”. P. Joaquín Alliende Luco, Prólogo a la edición castellana, en P.
Josef Kentenich. Hacia el padre, p. 11